
Dra. Mª Jesús Rodríguez Dintén
Unidad del Dolor
Jefa de Sección de Anestesiología, Reanimación y Terapia del Dolor
Hospital Universitario Central de Asturias
H.U.C.A.
Oviedo
Aún queda en nuestra retina y nuestra memoria muy reciente la última edición de los premios Príncipe de Asturias, teniendo por mi parte el honor de asistir a las charlas impartidas en nuestra tierra por los premiados en investigación científica y técnica Baruch Minke, David Julius y Linda Watkins sobre sus trabajos personales en relación a la neurofisiología y el tratamiento del dolor y después he tenido el gusto de poder saludarlos departir personalmente con ellos. Las declaraciones que estos autores han hecho, cada uno en su línea de trabajo, son de gran importancia para la colectividad médica, ya que han contribuido al mejor conocimiento de la Neurofisiología de cara a comprender los mecanismos íntimos del dolor y favorecer un mejor ajuste de los tratamientos. Tratar el dolor no es tan sencillo, porque lo primero que hemos de saber es de qué dolor se trata. Desde esta perspectiva, cuando hablamos de dolor agudo, este dolor se convierte en un aviso, en una alarma; nos está comunicando que hay algo en el organismo que no funciona bien y se resuelve buscando la causa que lo motivó. Hasta hace poco, en Medicina, el dolor se consideraba un síntoma y así es para este tipo de dolor.
Lo “bueno” del dolor agudo es que dura únicamente el tiempo que tarda en repararse la causa que produjo la lesión que se percibe como dolor. En términos médicos estaríamos hablando de dolor nociceptivo. Como ejemplo de este tipo de dolor podríamos mencionar el cólico de vesícula, la fractura ósea, el dolor de muelas o incluso el dolor postoperatorio, además de otros muchos de los que por fata de espacio no podemos entrar a hablar. ¿Pero qué ocurre en aquellos pacientes en los que una vez tratada la causa inicial que produjo el dolor, éste se mantiene, o incluso aparece más tarde, siendo así difícil relacionarlo con la causa que se cree lo originó? Esta reflexión nos lleva a explicar que existen otros tipos de dolor, con otras manifestaciones clínicas diferentes. Estamos hablando ahora de dolor crónico, más complejo su tratamiento porque tiene muchos matices y ya no se trata de un síntoma sino que estamos hablando de una enfermedad ya establecida, que afecta al paciente físicamente y altera su esfera emocional en muchos aspectos, pudiendo ir acompañado por cuadros de ansiedad, depresión o angustia asociada por la no solución del problema que le afecta. El tiempo que se considera como límite para diferenciar entre dolor agudo y dolor crónico está entre tres y seis meses, obviamente una vez hecho el diagnóstico.
Dentro del dolor crónico hemos de destacar otro tipo de dolor: el dolor neuropático, molesto e incómodo donde los haya y que tiene la necesidad de tratarse cuanto antes, probablemente de por vida (neuralgia postherpética, neuropatía diabética, distrofia simpaticorefleja, etc…). No dejo en el olvido al paciente oncológico, el más delicado de tratar, pues puede presentar en distintas fases de su enfermedad casi todos los tipos de dolor descritos previamente, resultando prioritario anticiparse a la aparición del mismo, para así evitar mayor sufrimiento. Así y todo, aplicando tratamientos sencillos de tipo farmacológico y no excesivamente caros, se puede controlar bien el dolor en el 95% de los casos; en ese 5% de pacientes en los que el dolor es más difícil de controlar, podemos encontrar desde intolerancia a las medicaciones, alergias, rechazo a la medicación, etc...
En ellos ha de completarse el tratamiento farmacológico con lo que llamamos técnicas invasivas o semi-invasivas para conseguir el alivio del dolor, siendo necesaria una mayor inversión económica. Aquello que resulta más complicado de tratar es el dolor crónico en sus múltiples variantes, por varias razones, entre las que podríamos mencionar el aumento de la expectativa de vida, que hace que acudan a nuestras unidades de dolor pacientes de edad avanzada con muchas molestias de aparato locomotor (las molestias en la espalda figuran como primera dolencia, seguidas de artrosis y osteoporosis), cuyo objetivo es lograr un alivio del dolor y tratar de mejorar su calidad de vida, siendo frecuente en estos pacientes la aparición de efectos secundarios indeseables que acaban determinando un abandono del tratamiento. En realidad, a día de hoy, hay mucho que hacer por el dolor. Se ha de invertir mucho más en la investigación.
No será posible encontrar un único fármaco que sirva para todo tipo de dolor, pero sí encontrar el fármaco cada vez más adecuado, que produzca pocas molestias o efectos secundarios con la mínima dosis posible. Se ha de dotar de más medios y potenciar los ya existentes para tratar de ayudar a aquella parte nada desdeñable de la población que sufre la enfermedad más silenciosa que existe: “el dolor“. Y no hay que recurrir únicamente al tratamiento farmacológico adecuado en cada caso, ya que en bastantes supuestos habremos de complementarlo con técnicas específicas, como por ejemplo la aplicación del TENS, iontoforesis, epidurolisis, radiofrecuencia a distintos niveles, colocación intratecal de fármacos mediante sistemas electrónicos implantables, o incluso la estimulación de cordones medulares posteriores y más cosas que veremos en un futuro no tan lejano. Agradezco haber saludado a estos investigadores, porque es contagioso el entusiasmo con que explican sus trabajos y tengo confianza en el desarrollo de sus hallazgos. Es importante mencionar que, efectivamente, ellos han sido los premiados pero existen muchas más personas que se dedican al estudio y tratamiento del dolor aportando su granito de arena de un modo anónimo y no por ello menos valioso.